Homo Faber by Fernando Díez Rodríguez

Homo Faber by Fernando Díez Rodríguez

autor:Fernando Díez Rodríguez
La lengua: spa
Format: epub
editor: Akal, S. A.
publicado: 2014-06-17T00:00:00+00:00


Recién iniciada la década de los cuarenta del siglo xix, la obra de Carlyle luce con los tonos fascinantes e inquietantes de la crítica del radicalismo romántico más ambicioso e innovador. Bajo las apariencias de un tradicionalismo vetusto se produce una encendida crítica del liberalismo al que se descalifica radicalmente como doctrina política y económica capaz de gobernar la sociedad industrial. El fracaso histórico del liberalismo, diagnosticado en los miembros lacerados de este enfermo terminal, es su incapacidad para promover las firmes solidaridades sociales de la nueva sociedad de las multitudes industriales y para gobernar las masas que se presienten, necesitadas del gobierno autoritario y carismático de una aristocracia o de un héroe, plenamente comprometidos con los exigentes deberes de su condición dirigente. Como ocurre en otros autores no menos relevantes del pensamiento reaccionario, su reacción es una expresión radical de modernidad antiliberal. La centralidad que la ascética y los deberes del trabajo adquieren en la recreación autoritaria y jerárquica de nuestro autor volverá a ser, décadas más adelante, un rasgo repetido, con las matizaciones de rigor, en las nuevas apologías autoritarias y jerárquicas propias del nuevo siglo.

Ya podemos comprender por qué el trabajo ocupa un lugar central en el pensamiento de Carlyle y por qué se reviste con el espeso significado de su ontologización. También por qué destacan los rasgos ascéticos y trascendentales. Para nuestro autor el rasgo definitivo de las sociedades contemporáneas es ser sociedades del trabajo y esto quiere decir que este ocupa en ellas un lugar decisivo, tanto por ser el factor de básico riqueza, como por su papel insustituible para el ordenamiento del conjunto de la estructura social. El trabajo es esa sustancia peculiar que se infiltra en todos sus órdenes hasta llegar a ser la savia común que unifica y hace funcional su intrínseca e inexcusable desigualdad. Carlyle puede obrar con una figura de sociedad de profundas y definidas desigualdades en la medida en que estas encuentran en el trabajo su última justificación y la posibilidad de su sólida integración. Para que esto sea así, el trabajo tiene que ser concebido más allá de sus perfiles utilitarios e instrumentales. Por esta razón, tiene que reflotar una lectura teológica del trabajo, pues necesita anclarlo en la realidad más trascendente posible. El trabajo será, así, divinizado. Vuelve el dios hortelano de la segunda versión que el Génesis ofrece de la creación y el Edén, una especie de deus faber del que procede, mediante emanación y particularización, todo trabajo humano. La re-divinización del trabajo va acompañada de su necesaria reelaboración como deber del ser humano. El ser humano solo puede ser hombre y dios en la medida en que cumple con el deber del trabajo. El completo desplazamiento del trabajo hacia el deber se hace de modo y manera que destaquen los rasgos más exigentes característicos de todo deber. Mediante esta operación, Carlyle refuerza poderosamente las cualidades penosas del trabajo hasta hacer que desplacen completamente consideraciones de otro tipo: la felicidad del trabajo y en el trabajo,



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